El Toralín volvió a ser refugio y garganta. La SD Ponferradina se presentó con esa mezcla de necesidad y orgullo que aquí se entiende sin explicaciones, pero terminó viviendo una tarde áspera: 1-3 ante el Arenteiro. El marcador dejó una herida más profunda que el juego por momentos, de esas que no se curan con estadísticas sino con respuestas en el césped.
La primera mitad tuvo más pulso que brillo, con dos equipos midiendo cada error como si fuese oro. Y, sin embargo, el partido ofreció pronto una ocasión de oro para la Deportiva: un penalti que pudo encender el estadio y cambiar el guion. No entró. Y en El Toralín, cuando la pelota niega el grito, la sensación se queda flotando, como presagio.
Un minuto torcido y tres golpes que pesaron demasiado
Tras el descanso llegó el tramo que partió el encuentro. El Arenteiro encontró el primer gol y, con la Deportiva obligada a estirarse, aparecieron los espacios y el vértigo: Mingo amplió la ventaja y Bastida añadió otro golpe que dejó el 0-3 en un abrir y cerrar de ojos. Fue uno de esos momentos en los que el fútbol no avisa: simplemente pasa por encima.
Pero la Ponferradina no se descompuso en el gesto ni se escondió en la resignación. Con el estadio empujando desde la rabia y el orgullo, el equipo buscó el área una y otra vez, insistiendo en cada disputa, en cada balón dividido, como quien se niega a entregar la tarde sin pelea.
La reacción llegó, pero el tiempo no alcanzó
La recompensa a la fe apareció con el gol de Sergio Benito, que devolvió el “sí se puede” a la grada. Poco después, la expulsión de Alpha, por doble amarilla, abrió una ventana para creer en lo imposible. Con un descuento larguísimo, la Deportiva apretó con centros, segundas jugadas y empuje emocional, mientras el Arenteiro trataba de enfriar el partido con oficio.
No hubo milagro. El pitido final dejó 4.364 miradas clavadas en el césped, entre el enfado y la preocupación, pero también con esa certeza berciana de que rendirse no es una opción. Queda el golpe, sí; y queda, sobre todo, el reto inmediato: convertir la frustración en reacción y hacer de El Toralín, otra vez, un lugar donde sumar se convierta en costumbre.

